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Culturas contemporáneas de España y Latinoamérica a diario
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martes 12 de diciembre de 2017

Con su primer disco en solitario y a punto de cumplir un siglo de vida, la garganta viva y poderosa de Magín Díaz fluye y emana energía ancestral para trascender la tradición del canto popular del Caribe Colombiano a todo el continente con la ayuda de varios amigos.

Qué: Disco (independiente)

En lo más profundo del Caribe Colombiano, abandonado por el Estado y anclado en un tiempo que la memoria confunde, la vida brota entre el arroz, el plátano y el azúcar, alentada por la voz de las cantadoras y el ritmo de los tamboreros, tradición cultivada también ancestralmente en las poblaciones de San Basilio de Palenque y Gamero, del municipio de Mahates, en el departamento de Bolívar.

En esos dos corregimientos, músicas como el bullerengue, la chalupa y el fandango se fueron cociendo abrasadas por el calor, la humedad y el trashumar de trabajadores colombianos, panameños y cubanos que iban de una plantación a otra desde las fértiles regiones de los Montes de María y la Depresión Momposina (en donde también se gestaron la gaita, el vallenato y la cumbia) hasta Venezuela, atravesando la Guajira.

El trabajo era acompañado por el canto y las historias que llevaban de un lugar a otro los juglares, que a su vez alimentaban sus nuevas creaciones con las vivencias y los acontecimientos de cada parada. Las canciones se popularizaban y mutaban de voz en voz y de pueblo en pueblo; la tradición oral fue consolidando la música tradicional caribeña, y aunque la mayoría de los juglares heredaron su saber a su descendencia a la vez que forjaban una cosmogonía popular del canto costeño, Luis Magín Díaz García, sin dejar de cantar y crear un solo día de su vida, pocas veces sintió la calidez y el bienestar que otorga el reconocimiento.

Canciones como Rosa, Dolores tiene un piano, Me amarás, A pila’ el arroz, El ciempiés, Por el norte, por el sur, Espíritu maligno o Paloma blanca, entre otras, que retratan cotidianidades telúricas y sentimientos universales, fueron irrigando la tradición hasta convertirse en cantos emblemáticos; el asunto es que su autor o custodio, Magín Díaz, y los derechos de sus obras, fueron ignorados durante décadas.

Según su documento de identidad, Magín nació en Gamero en 1922, pero hay indicios de que hacen suponer que quizás nació varios años antes. Nieto de esclavos, desde niño, entre las plantaciones aprendió a cantar y tocar diferentes clases de tambor y, al poco tiempo, sin saber leer ni escribir, empezó componer canciones. Ya mayor, y sin trabajo en Colombia, emigró a Venezuela y después de varias vueltas, regresó para siembre a Gamero a mediados de los años ochenta.

Magín nunca dejó de cantar y participar en agrupaciones como Los Soneros de Gamero, junto a su prima, la cantadora Irene Martínez, Los Viejos del Folclor o El Sexteto Gamerano, pero sólo hasta la primera década del Siglo XXI, y con el interés que la música tradicional de Colombia despierta en una nueva generación de músicos, empezó a ser reconocido como un gran juglar y compositor.

Magín Díaz, El Orisha de la Rosa, es el colofón de una vida artística tan emocionante como ardua, que se hizo llevadera gracias a la música misma. Con casi un siglo a cuestas, en 2015 Magín grabó su primer disco como solista arropado por la admiración y el talento de reconocidos músicos continentales: Carlos Vives, Totó la Momposina, Gualajo, Celso Piña, Chango Spasiuk, Dizzy Mandjeku, Alé Kuma, Petrona Martínez, La Yegros, Sexteto Tabalá, Systema Solar, Li Saumet de Bomba Estéreo, Monsieur Periné, Cimarrón, Kombilesa Mi, Mayte Montero y Mario Galeano de Ondatrópica, entre otros.

Bajo la dirección de Daniel Bustos Echeverri y la producción musical de Manuel García-Orozco y Christian Castagno, en El Orisha de la Rosa, todos los participantes ponen sus quehaceres al servicio de la voz y las canciones de un artista que, a pesar del paso de los años y una salud que flaquea, se nota pletórico, vigoroso y sabio.

Precisamente, es la voz de Magín –por momentos cascada– la columna vertebral del disco; en comunión con su canto, los invitados despliegan la obra del juglar hasta terrenos sonoros insospechados como el chamamé, el soukous, el joropo, el swing, la electrónica y música africana de la Costa Pacífica Colombiana como el aguabajo.

A su vez, el componente gráfico corresponde al homenaje: un empaque vistoso y atractivo se complementa con dieciocho postales inspiradas en las otras tantas canciones del disco, ilustradas por destacados artistas gráficos del continente. Dirigido por Claudio Roncoli y Cactus, también participan Liniers (Argentina), Pedro Ruiz (Colombia), Elliot Túpac y Entes & Pésimo (Perú), Knorke Leaf (Bolivia) y Piktorama (Venezuela), entre otros.

Por si fuera poco, a sus 95 años, acaba de recibir el Premio Vida y Obra, otorgado por el Ministerio de Cultura de Colombia; un gesto que suma en el reconocimiento público y justo de un guardián de la tradición musical del Caribe afrocolombiano. Magín Díaz, el orisha de la rosa, el hombre detrás de la canción.

Magín Díaz El orisha de la rosa

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