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sábado 23 de septiembre de 2017

La Órbita Irresistible. Colectivo psicopop postmoderno hiperagradable

Un grupo de amigos uruguayos grabaron más de nueve discos en poco más de un año y medio. Con el foco puesto en las canciones, los músicos de La Órbita Irresistible se levantan como uno de los secretos mejor guardados del Río de La Plata.

La Órbita Irresistible. Colectivo psicopop postmoderno hiperagradable

En 2014 Uruguay se colocó en el mapa universal de las noticias políticas más relevantes. Un explosivo interés mediático nació con las iniciativas que empujó el gobierno de entonces, encabezado por el progresista José «Pepe» Mujica. Gracias a su estilo austero y campechano, Mujica –probablemente sin quererlo– fue adoptado como modelo insignia de líder carismático cercano al pueblo, para una generación digital que mira con creciente desencanto a la vieja tradición política. Aquellas iniciativas, hasta entonces inéditas en la región, como la despenalización del aborto y el matrimonio igualitario se hicieron realidad durante su gestión. Y por si eso no hubiese sido suficiente, se convirtió en el primer país del mundo en legalizar la venta y el cultivo de marihuana.

Más allá de cualquier fantasía fumona, lo cierto es que existen otras cosas que le otorgan a esta tierra un encanto especial. Aparte de su afición por el mate, el fútbol y ser el lugar –de casi tres millones y medio de habitantes– que «cultiva algunas flores entre Brasil y Argentina», Uruguay es también cuna de una notable tradición musical. Desde la fusión afrolatina de la murga y el candombe al tango ríoplatense, pasando por los trovadores populares, la cumbia subtropical, hasta llegar al rock.

Hace dos años se viene incubando una camada nueva, por debajo de las sábanas de la liturgia popular. Con el título de La Órbita Irresistible, una docena de músicos locales opera intercalando funciones según el proyecto que se encare. «Si alguien quiere hacer un disco o algo, se hace. Y si se quiere armar una banda, se arma con la combinación de personas que surja en el momento. Estamos a disposición de lo que salga». Así, Ignacio Vecino (de Mountain Castles) explica el pragmatismo liberal y solidario del colectivo.

«Si alguien quiere hacer un disco o algo, se hace. Y si se quiere armar una banda, se arma con la combinación de personas que surja en el momento. Estamos a disposición de lo que salga»

A pesar de que en los shows de La Órbita suelen haber entre ciento cincuenta y trescientas personas, el limitado circuito de locales nocturnos los empujó a producir puertas adentro. Para capitalizar la situación, comenzaron a vivir en dos casas-estudio apodados Casa Yeti y La Cueva del Oso. «Estamos en esos espacios que se pueden dedicar plenamente a la música y a la creación», dice Paul Higgs (de Algodón) con entusiasmo. «Se toca poco, se graba mucho y se compone muchísimo». El resultado sorprende: nueve discos, un puñado de EPs y varios singles editados en tiempo record. Tan solo un año y medio le bastó a LOI para dar vida a las canciones de Oso Polar, Algodón, Mapache, Piel, Adán Yeti, Mountain Castles, Cascabeles y Marino. A ellos los completan otros grupos activos que todavía no publicaron su material: Hipernaranja, Estación Alga, Lenk y Los Cables.

Transitar ese camino produjo una variedad de sonidos disímiles entre sí. En algunos de los trabajos de La Órbita hay psicodelia, kraut-rock y viaje, freak folk, retro garage blusero, electropop y hasta post-rock avant garde. Escapando rótulos, ellos prefieren resumirlo en un término que acuñaron como «Psicopop Postmoderno Hiperagradable». Pero no solo el audio los reúne. Entre ellos hay también fotógrafos, artistas visuales y diseñadores. Uno de ellos es Guido Iafigliola, encargado de los vídeos en clave glitch de Mountain Castles, enriqueciendo la propuesta a partir de otros elementos. Según Higgs: «Si no existieran ellos no existiría la música y las canciones. Son gente que espiritualmente suma a la mecánica».

El orden de un grupo tan grande en la teoría no suena fácil pero la estructura de estos montevideanos encuentra hoy un sentido orgánico. Se trata de una cofradía enfocada en la música, con los egos en segundo plano. «Sinceramente no tenemos en cuenta nada de ese tipo de cosas», completa Higgs. «Por ahora viene todo fluyendo al 100%, con la simple inocencia de no tener la menor idea. Queremos grabar muchos más discos y seguir en este golpe de luz en el que estamos viviendo».

 

ALGODÓN

En el universo silvestre y naif de Paul Higgs conviven múltiples obsesiones: frambuesas, animales, el barrio de Punta Gorda, los amores y los amigos. Y las canciones, por supuesto. Muchas. Son viñetas tamaño bolsillo que se resuelven en no más de cuatro minutos de freak folk, indie rock,  blues y la canción vernácula que roza al disco Spinettalandia y sus amigos, del argentino Luis Alberto Spinetta. El proyecto tiene ya dos álbumes (Algodón, de 2014 y Eucalipto, de 2015) editados físicamente en Chile y que también lo llevaron a presentarse en vivo en Argentina. Hace pocos meses Higgs también lanzó, con nombre y apellido, dos EPs en clave lo-fi y promete sacar otros dos nuevos con Algodón en 2016. Cuando le queda tiempo libre, presta sus talentos multiinstrumentistas a otras seis bandas de La Órbita.
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Claro que sí


 

MOUNTAIN CASTLES

A partir de 2010 el planeta del indie rock se rindió a los pies de Kevin Parker. Con Tame Impala supo bendecir a todos los cultores de la lisergia e influir sobre aquellos guitarristas ansiosos de ir a comprar pedales de fuzz, reverb o delay. Ignacio Vecino, la mente detrás de Mountain Castles, si bien lejos de los laureles del australiano, opera a la luz de un mandato similar. La diferencia entre ambos es que donde Parker tiene como misión pintar la psicodelia a través de un cristal de canción pop, Vecino transita sin apuro por una melodía, dejando que las texturas fluyan por si solas. Así, la Britania sesentona, el espíritu prog del kraut-rock, el avant-garde y la electrónica definen las ambiciones de este uruguayo de veintiocho años que no tiene miedo de cruzar las barreras. Junto a Higgs, están detrás de la producción y mezcla de todos los discos de La Orbita. Y, también como Higgs, se pone al servicio de otros tres grupos del colectivo.
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Piano In


ADAN YETI

Con escuchar el single Islas no es ilógico pensar que los Adan Yeti suenan como los hermanos menores de Mountain Castles. Es probable que eso se origine a partir de que tres de sus cinco miembros son también parte de Castles y en Yeti se tomen la libertad de ir hacia objetivos más directos. A pesar de tener solo una canción de estudio, ya han sumado adeptos. Gabriel Casacuberta de Bajofondo, Campo y fundador de la legendaria banda de rap-funk Platano Macho, los adora: «Fui a uno de los primeros shows de Adan Yeti. La sensación fue la de escuchar algo extremadamente fresco y novedoso tocado por viajeros del tiempo. En un momento me vi gritándoles ‘¡Cuéntennos algo del futuro!’. Así me enteré que La Orbita es un conglomerado al que también pertenecen otras buenas bandas. Esa libertad se siente en la música».
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CASCABELES

Ya sea por sus DJ sets en boutiques de la costa esteña o por sus diseños de indumentaria, Cam Gadola supo colocar su nombre alto en las esferas de la jet-set uruguaya. Pero no alcanzaba con eso. Esta inquieta IT girl tenía bajo el brazo un puñado de ideas que podía haber dado a algún productor de renombre en su lista de contactos. En cambio, eligió ir hacia los cuarteles de La Orbita para dar origen a Cascabeles. A lo largo de nueve canciones alternadas entre español e inglés, Gadola se erige como una cantante que se balancea entre susurros e inflexiones neo-souleras sobre bases de blues sobrio, indie rock y americana que vienen con el sello característico del colectivo.


 

MAPACHE

La más ortodoxa de las propuestas del colectivo, Mapache hace un rock & roll desfachatado que se acerca al funk y al blues, ideal para bailar lento con whisky en mano. El quinteto construye melodías a partir de riffs chillones de guitarra, mientras Santa Forteza y Paul Higgs se alternan en el canto sobre letras que hablan de mujeres. Es muy probable que al final de escucharles termines pidiendo más funk.
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MARINO
A través de un mar de noise, sintetizadores, pianos preparados, distorsión y efectos que funcionan como una mezcla de Glenn Branca, Autechre y los alemanes Cluster, se levanta Marino, el proyecto más disonante de La Orbita Irresistible. Desde 2013, en dos discos y un EP, compuso una música que propone un camino de paciencia donde el oyente debe abrirse a la voluntad de la banda. Sin la inmediatez de sus otros proyectos, todos los miembros de Adan Yeti (que como la lógica indica, participan a la vez en otros grupos) ponen en Marino un voto a la performance artística y de elaboración de texturas difíciles de digerir. Enfrentar un concepto así no es para cualquiera, pero una vez superado los conflictos, el resultado es por demás gratificante.


 

OSO POLAR

En Arktur, el disco que Pedro Duarte editó bajo el nombre de Oso Polar en 2015, hay un espíritu intimista que atrapa desde la primera canción. Así como Justin Vernon hizo de Bon Iver su obra catártica de enorme personalidad, la voz suave de Duarte se entrega a la accesibilidad del folk y el indie rock ligero sin demasiadas capas. Y es que a veces menos es más, Oso Polar no necesita de muchos artificios para concretar sus planes: ser la banda sonora perfecta para tirarse solo en la icónica rambla montevideana a ver el atardecer.
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Montañas


 

PIEL

Con llamadas al synth-wave y al soft rock setentoso de Los Ángeles, Piel hizo con su disco homónimo un trabajo fino de pop calculado y cerebral que se reparte entre volantazos de arpegios de guitarra, sintetizadores y beats infecciosos. Por encima de esa ecuación, aparece la armonía vocal de Gastón y Gonzálo Vivas, quienes retratados en el arte de tapa proponen la tónica encantadora de la música. Junto con Algodón, Piel es de aquellos grupos que encapsulan el lado más luminoso de Montevideo.
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