Culturas contemporáneas de España y Latinoamérica a diario
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viernes 20 de octubre de 2017
Los Fabulosos Cadillacs

Se me olvidó que te olvidé

Nadie sabía absolutamente nada de Los Olvidados, hasta que Los Fabulosos Cadillacs decidieron contar en su último disco la historia secreta de uno de los grupos claves del hardcore en español, embrión de los mismísimos LFC y de Massacre. ZdeO decidió investigar cuánto hay de real y cuánto de ficción en este puñado de canciones que refieren a las aventuras de los hermanos Solo y Juan. ¿Existieron o no? ¿Qué se hizo de las grabaciones de otra banda llamada El Faro? Todas las pistas llevan a la ciudad balnearia argentina de Mar del Plata y a conexiones que vuelven a la trama similar a las de las novelas de Roberto Bolaño.

Cuando la memoria personal no alcanza y se trata de encontrar, como en este caso, un rastro perdido en la ciudad de Mar del Plata, en el verano del 84, debe recurrirse a un especialista. Después de consultar a varios expertos en rock argentino, entre ellos Martín Pérez (*), y no obtener datos muy precisos, tuve más que claro que los que menos sabemos de estas cosas somos, paradójicamente, los periodistas, los que supuestamente manejamos información a la que la mayoría no tiene acceso o no le presta atención. Martín no recuerda la existencia de ningún grupo de rock de mediados de los ochenta con el nombre de Los Olvidados. Tampoco recuerda que un músico haya fallecido en un accidente automovilístico, como dice la versión oficial sobre esa banda, homenajeada por los Fabulosos Cadillacs en el disco La salvación de Solo y Juan. Hay algo que sí conoce Martín: la historia de un poeta yonqui que quería publicar un libro dedicado a un hermano muerto de manera violenta. Eso fue más tarde, por el año 89.

Tuve el pálpito de encontrar una pista interesante. Martín no se acordaba bien de si el hermano del yonqui había muerto en la guerra de Malvinas o en un accidente doméstico. Tampoco estaba seguro de si cantaba en una banda de rock. Sí sabía que el poeta era de Mar del Plata, y como no se sentía muy cómodo en Buenos Aires, seguro que en algún momento se debe haber largado de la capital, o simplemente desapareció.

– ¿Un accidente doméstico de qué tipo? –le pregunté a Martín.
– No sé. Es una historia muy vieja. Pero cuando leí lo que se cuenta en el librito del disco de los Fabulosos, me hizo clic esa historia, y por eso me pareció que te iba a interesar seguir ese rastro.
– Es medio delirio, pero parece ser un dato interesante. Es la única pista que tengo.
– …
– El problema es que nadie se acuerda del nombre del poeta y el libro creo que nunca llegó a publicarse.
– ¿Te acordás del nombre del libro?
– No. Hay dos versiones de la muerte de Solo Clementi, guitarrista, cantante y principal compositor de Los Olvidados. Ambas se detallan con más o menos precisión en el homenaje que los Fabulosos Cadillacs le hacen a la banda: una es la del accidente de tránsito y la otra es la que estima que el músico habría fallecido por las hemorragias internas posteriores a un golpe en la cabeza dado por su hermano Juan, un obsesivo de la numerología que se llevó el secreto con su posterior desaparición, redención o tal vez muerte.

De haber sucedido la segunda hipótesis, podría caratularse como un accidente doméstico. Juan podría ser el poeta yonqui. Y yo tendría que seguir buscando por esta línea. ¿Buscar qué cosa? ¿A quiénes? Supongo que a la búsqueda de Juan debería sumar la de los otros dos integrantes de Los Olvidados, quienes habrían dado a la policía la versión falsa del accidente en la ruta. Dos testigos clave, sin nombre ni rastro alguno. Temí el peor de los fracasos. Temí que mi amigo Martín o algún otro me asegurara que Los Olvidados no eran más que un invento de Vicentico y Flavio para justificar un disco conceptual. O, lo que viene a ser más o menos lo mismo, una creación literaria de Vergara Trujillo para la construcción discursiva de un disco al estilo de las ópera-rock de los setenta. Pero el propio Martín me estaba sugiriendo que siguiera buscando. Ambos coincidimos que el hecho de que nadie supiera absolutamente nada de Los Olvidados, lejos estaba de ser una prueba fuerte sobre su no existencia. Me sentí en un limbo.

«Muchas gracias a Los Fabulosos Cadillacs por abrir el juego de una historia que merecía ser contada. Y, lo más importante, que las canciones de Los Olvidados, o como sea que se llamen, se publiquen en un disco. Se hará justicia, ese día, con una de las bandas pioneras del hardcore sudamericano»

Hay un interés nada menor, para los melómanos, en casos como este. Pueden cambiar un paradigma. Como asegura el propio Martín Pérez, Argentina no tiene la marca de un Eduardo Benavente, la estrella punk madrileña de Parálisis Permanente, de una muerte joven post-punk; recién algunos años más tarde la muerte se llevaría a tres de los grandes del rock argento: a Luca Prodan, de Sumo; a Fede Moura, de Virus y al pequeño duende posjipi Miguel Abuelo, a quien le gustaba cantar los versos que escribió Lolita de la Colina, esos que dicen «Se me olvidó que te olvidé». Pero el post-punk no parece haber tenido héroes ni personajes malditos en el Río de la Plata, de modo que la muerte del cantante de una banda «olvidada», y el hallazgo de alguna grabación, puede cambiar el relato, en este caso con el punk de fondo musical, un balneario decadente de escenario y el nihilismo de una generación que acababa de salir de una dictadura y de una guerra perdida en el Atlántico Sur.

No quiero aburrir con el relato de cada una de las pesquisas que realicé. Prefiero saltear historias que ahora son hojarasca. Prefiero ir, en este relato, directo al grano. Lo objetivo es que las canciones del nuevo disco de Fabulosos, y sobre todo el librillo que acompaña la edición, no aportan más datos sobre Los Olvidados que la evidencia de que fue un trío rockero argentino con el que ellos mantuvieron cierta amistad. De ahí el homenaje. No parecen existir grabaciones del grupo. Solo se sabe que a Clementi lo acompañaban un flaco de Tigre y que el tercer integrante era un estudiante de ingeniería. El error de mis pesquisas parecía estar en la elección del «especialista». Periodistas, ex mánagers, poetas underground, viejos fans de la banda, groupies. Nadie tenía una sola pista sobre Los Olvidados, excepto la literaria que había abierto Pérez, que se hacía imposible rastrear pero que al mismo tiempo certificaba que había una historia para armar y contar.

Decidí llamarlo para ver si tenía alguna novedad. Y nuevamente, a intuición pura, abrió una línea inesperada.
– Deberías llamar al Jipi.
– ¿Al Jipi?
– Ese puede ser tu «especialista».
– ¿Te parece?
– Alguien que maneja un sello indie lo sabe todo. Generalmente son tipos que padecen el sindrome de Diógenes y atesoran cajas y cajas llenas de casetes viejos, demos y todo tipo de grabaciones olvidadas. El Jipi es un amigo de toda la vida. Si bien nos conocimos por asuntos musicales, cada vez que nos encontramos el principal tema de conversación es el arte contemporáneo y los museos de Montevideo, que abren tarde y cierran temprano. Tengo claro que no tiene demasiada simpatía por Los Fabulosos Cadillacs ni por la mayor parte del rock iberoamericano. Pero eso no importa. Maneja un sello desde hace veinte años y ha publicado decenas de discos. Entre sus artistas fuertes tiene a Daniel Melero y la licencia de algunos títulos de Matador Records. En Ultrapop se publicó Vidania, de La Buena Vida, uno de mis discos preferidos. Ese mínimo gesto alcanza para invitarlo, cada vez que pasa por Montevideo, con una merienda vintage en La Esmeralda. Y como justo en estos días hizo escala por el barrio, a la vuelta de un viaje a Europa con su novia, lo sorprendí con el asunto de Los Olvidados mientras compartíamos una porción ultradulce del tradicional postre chajá.
– El problema está en que no hubo ninguna banda argentina que se llamara Los Olvidados, pero la historia que te contaron es casi cierta –me dijo El Jipi, sin pestañear y mostrándome que era capaz de resolver en unos pocos minutos y sin moverse de la confitería un problema que me venía llevando varios días.
– No entiendo.
– Es que ustedes, los periodistas, son un poco tontos.
– Sabía que ibas a burlarte.
– No, no es eso. Está bien que busques. Roberto Bolaño buscó y encontró la mejor novela de nuestro idioma. Néstor Mir y sus amigos valencianos buscaron un disco que no existía y encontraron a Los Suicidas. Pero vayamos paso por paso. Tengo la sensación de que vas a encontrar algo más importante.
– Ya me lo dijo Martín.
– El asunto es que enfoques bien el tema. Punto por punto.
– Me estoy poniendo ansioso. ¿Qué es lo que sabés de Los Olvidados?
– Ese no es el punto. Ya te dije. ¿No se te ocurrió pensar que la banda pudo haber existido con otro nombre? ¿Y si Flavio le puso Los Olvidados por otra cosa, como homenaje a otro grupo?… Pará, acá lo tengo, el señor Google siempre es eficiente… Ya me parecía que los tenía… Los Olvidados son una banda hardcore californiana, de San José. También de los ochenta y todo indica que siguen tocando, y que no se murió ninguno de manera violenta.
– Ya sé. Ya busqué. También hay un grupo de folclore andino boliviano que se llama igual.
– El tema son las conexiones correctas –me dijo el Jipi, dando otro golpe a la inútil vanidad de mi oficio de periodista musical. Y continuó hablando, sin parar, luego de comer el último resto de postre. El punto uno era sencillo y ya ves que se solucionaba con una simple búsqueda, sin necesidad de que te complicaras con tus amigos periodistas. Pasemos al punto dos, que es el que supongo más te interesa.
– Te escucho.
– Tener un sello discográfico es como administrar la biblioteca de manuscritos de una ciudad. La mayor parte de los demos y grabaciones de grupos que no tienen posibilidades de editar pasan por las manos de un editor independiente. Llevo veinte años en esto y te puedo asegurar que he visto de todo. Y tengo buena memoria. Además de perder dinero.
– Lo que no me cierra es que estamos hablando de una banda de los ochenta, y vos empezaste con Ultrapop mucho después.
– Sí, pero a fines de los noventa todos querían reeditar en CD, y ahora con el retorno del vinilo te podría contar de propuestas muy raras, como la de un grupo que se llama El Faro.
– ¿El Faro? ¿Sabías que lo hermanos Clementi eran hijos de un farero?
– No sé de qué mierda me hablás. Pero es cierto que hubo una banda que se llamó El Faro. Un trío hardcore que fue una especie de banda pionera del género en Argentina. Y el cantante y guitarrista, según me contó el que me llevó el demo, murió después de un show en un accidente de carretera.
– O lo mató su…
– Official version, querido. Accidente.
– Buena pista. ¿Quién te llevó el demo? ¿Quienes son los otros dos integrantes de El Faro?
– El demo me lo llevó un compatriota tuyo, un uruguayo, Silvio me dijo que se llama, muy amigo de Walas, el de Massacre. Y la otra pregunta no te la puedo responder, pero me da toda la impresión de que la historia es que El Faro es un embrión de una banda famosa, con esa historia no cerrada de la muerte del cantante.
– ¿Una banda anterior a Fabulosos, a Massacre? ¿Cuál es tu teoría?
– No te puedo dar nombres. Porque sé que todo lo que diga lo vas a publicar. Te conozco bien… Bueno, el tema es que todo quedó en la nada, por lo menos con Ultrapop. Creo que el disco sale por el sello gringo Lengua Harmada, el que maneja Martín, de Los Crudos, que ese sí es especialista del hardcore y este tipo de discos para fetichistas. Es un 7”, con las dos únicas grabaciones de El Faro, con la voz de…
– Solo Clementi.
– Seguís sin entender. Ese no es el nombre verdadero. Voy de vuelta. Con la voz de…
– No puedo saberlo.
– Al hermano lo conocés bien. Es un poeta que conociste en un encuentro de escritores en Bogotá (**), que se hizo muy amigo tuyo y de un colombiano llamado Fausto. Lo sé porque me lo contaste un día que encontré un libro suyo en tu biblioteca y tengo buena memoria. Ahí tenés el tipo de pistas que te gustan.

Los Olvidados

Lo primero que hice al llegar de la confitería fue contactarme con Martín. Le conté la teoría del Jipi y se entusiasmó. Pero me dijo que tampoco podía ayudarme demasiado. En esa época él no curtía Mar del Plata y las vacaciones las pasaba en Villa Gesell, de mochilero, porque era más hippie que punk. No tenía datos de primera mano y sentía, al igual que yo, que era inútil consultar a los Fabulosos Cadillacs y a su entorno próximo por El Faro: todos iban a negar la existencia del grupo y tampoco podíamos citar al Jipi como fuente. Difícil llegar a la verdad. Por el momento. Cuando estaba por abandonar y avisarle a la gente de Zona de Obras que no tenía ninguna pista concreta sobre la existencia de Los Olvidados, más que especulaciones, teorías sobre una banda harcdore llamada El Faro y el libro de un amigo poeta del que no podía ni siquiera decir su nombre para no exponerlo a las decisiones personales que tomó hace treinta años, me llegó un mensaje anónimo con un fragmento de la biografía de los Fabulosos Cadillacs (***), acompañado del asunto «Hacé las conexiones correctas». Después de leer con atención el texto, lo entendí todo. Ahora soy yo el que tengo una teoría y un secreto juvenil que compartir, y mi próximo objetivo –además de escuchar el disco Bares y fondas, el primero de Los Fabulosos Cadillacs, a todo volumen y volviendo al tiempo presente el «quiero morir tocando ska»– será jamás olvidar una historia que algún día me habrá de contar, como debe ser, el hermano del cantante de Los Olvidados –me niego a llamarlos El Faro, tampoco Los Spray–, uno de los mejores poetas que conozco y gran amigo.

Muchas gracias a Los Fabulosos Cadillacs por abrir el juego de una historia que merecía ser contada. Y, lo más importante, que las canciones de Los Olvidados, o como sea que se llamen, se publiquen en un disco. Se hará justicia, ese día, con una de las bandas pioneras del hardcore sudamericano.

 


 

(*) Martín Pérez es autor de la archifamosa entrevista a Los Fabulosos Cadillacs en la edición argentina de la revista Rolling Stone, la del tour en 1998 por los Estados Unidos, con relatos del viaje por Phoenix, Las Vegas, San Diego, Los Ángeles y otras ciudades americanas.

(**) Este dato es el único que ha sido cambiado en este artículo, como forma de preservar la identidad de Juan. Solo me resta agregar que mantuvimos una larga conversación y estoy a la espera de su confirmación para publicar una entrevista que complementa y pone aún más luz sobre lo que se cuenta en el disco La salvación de Solo y Juan, de Los Fabulosos Cadillacs.

(***) «En un terreno baldío de lo que había sido un hotel, en la esquina de Avellaneda y Alem, donde lo único que qudaba era una pileta abandonada que usaban los skaters, a la que llamaban el poolcito, ahí se juntaban pibes con sus tablas, todos intercambiando new wave, punk, hrdcore, ska y reggae. Era esa época donde si veías a alguien con una remera rara, lo seguías, y charlabas con él, porque tenía que ser del palo. Al poolcito iba Walas, que después se convertiría en el cantante de Massacre. Andaba con cresta y una remera de Bad Religion, con la cruz al revés, una locura para la época. Los Cadillacs se vestían como punks del 77 y Walas y sus amigos encarnaron al primer recambio (estamos hablando del verano del 84, venía todo muy atrasado), venían con toda la data del punk de la Costa Oeste, camisas, skates y zapatillas. Rotman recuerda que él escuchaba Clash, Damned, Pistols, Buzzcocks, The Jam y ellos venían con Black Flag, Circle Jerks, X, y la película The Decline Of Western Civilization. Flavio y Luciano Jr habían inventado un grupo, aunque todavía no tocaban, pero se la pasaban pintando por ahí Los Spray. Ahí se conocieron Flavio y Vicentico, en La Perla, que es el nombre de una playa. Vicentico era el novio de la hermana de Flavio. Unos meses después, ya en Buenos Aires, se volvieron a encontrar en la cola para ver a Virus tocar en Obras. Esa fue la lejana génesis de los Cadillacs, antes de ser siquiera los Cadillacs 57, que fue como anunciaron sus primero shows antes de ser Los Fabulosos Cadillacs».

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