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jueves 4 de junio de 2020
Nicolas Jaar

Sirens

Nicolas Jaar

El segundo álbum del chileno residente en los Estados Unidos es una de las maravillas del año que acaba. Un compendio brillante de investigación sonora, crudeza, detallismo, carga semántica y trazo desbocado, que con una mano menos firme en el timón parecería abocado al caos; gracias a Nicolas Jaar, todo acaba cayendo en el lugar preciso.

Qué: Disco (edita Other People)

Está en boca de todos; allí, en las bocas, ha llegado el chileno desde los oídos que las acompañan, caminando por los rostros que se asombran. Su música, además, se oye con todo el cuerpo. He aquí el disco que ha consagrado a Nicolas Jaar en este año que acaba, un segundo que se siente como décimo, y que le vale un sitial entre los grandes hallazgos del ejercicio para aquellos que todavía no se habían sometido al sorprendente desparpajo de su música. Es el andino un tipo que no necesita de artificios ni volteretas: tiene catalogadas y engrasadas sus armas, y las utiliza con una soltura envidiable. Su música es un dibujo de trazos que, aun dispares, aterrizan en una armonía sutil, que puede partir del desasosiego, el vacío o la repetición de formas para asentarse enseguida en un manantial de luz negra, que progresa adecuadamente por las espinas dorsales de sus oyentes.

Lo críptico de Jaar no es su mensaje, sino la forma de expresar lo que brota de su cabeza y entrañas, algo que también ocurre con su amiga colombiana y tutelada Lucrecia Dalt, por ejemplo. Se nutre de aparentes contradicciones estéticas para generar belleza, y salpica estas andanadas de fuego y hielo con la carga semántica apropiada: de pronto, el texto aflora, sobre todo en piezas tan rotundas como No –el plebiscito chileno de 1988 que puso a temblar el bigote del dictador, y que ya se glosó en el cine con Larraín y García Bernal en 2012– o History Lesson, y las nuevas preguntas que surgen de la reflexión.

Nicolas Jaar Sirens

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