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viernes 6 de diciembre de 2019
Foto: Jacqueline Riveros

De algo hay que morir

Diego Lorenzini

El cantautor chileno Diego Lorenzini redefine las fronteras de la trova contemporánea en el flamante De algo hay que morir, dando forma a uno de los mejores cancioneros del año y rompiendo el molde de la canción de autor tradicional.

Qué: Disco (Independiente)

De todas las cosas por las que hay que morir, que a Diego Lorenzini no le caiga encima el martillo pilón del prejuicio al cantautor o al trovador. Más allá de que los materiales que usa el chileno son una guitarra, su voz y una lírica tan intimista como afilada, su propuesta no solo rompe el molde de la canción de autor tradicional –aunque beba de ella–, sino que consigue amplificar en múltiples direcciones un cancionero al que, a diferencia de otros cantautores que replican fórmulas ya conocidas, él parece escuchar.

En De algo hay que morir da la sensación de que Lorenzini ha conseguido colocar la oreja en la caja de su guitarra, escuchado lo que las canciones tenían que decirle. Y en este disco, una suerte de evolución de lo que consiguió en Pino, su celebrado segundo álbum; el talqueño consigue presentarse (junto a invitados ilustres como Erlend Øye o compañeros/as generacionales como Simón Campusano, Rosario Alfonso o Niña Tormenta, entre otros/as) como un médium que toma la intimidad de aquella trova de cantautores cubanos (esa intimidad a punto de quebrarse, esos textos redondos), la mirada vanguardista de los neotrovadores contemporáneos (es normal pensar en algunos de los matices que han aportado Jorge Drexler, Devendra Banhart o Lisandro Aristimuño a la canción del corriente siglo) y, sobre todo, una transversalidad que solo se puede descifrar cuando la propia personalidad supera a los referentes.

Así, en las diecisiete canciones que componen el tercer disco del chileno, podemos imaginarlo tan cerca de una bossa amanuchaada (Mierda), enmudeciendo su guitarra para crear armonías beatleras para cantarle a un malogrado presentador de televisión (Felipe Camiroaga), recuperando la herencia del Álvaro Henríquez más lúcido en la mejor etapa de Los Tres (Plan maestro), utilizando materiales del folclore sudamericano (Chao mi niño o Billete de luca), tirando de un cinismo con feeling soul (Sonría, lo estamos grabando) o se situándose como un compositor de un localismo que resuena universal (Sí, po’, Estamos fritos o Pony son hits que deberían abrir aún más las puertas en el resto del mundo). Si de algo hay que morir, que no sea del pecado de hacer grandísimas canciones.

Diego Lorenzini De algo hay que morir

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