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sábado 24 de octubre de 2020

Posible

Bunbury

El álbum de las paradojas. Enrique Bunbury reflexiona de diez formas diferentes sobre la hermosa futilidad de los esfuerzos, lo exhausto de los placeres perseguidos y la belleza de los sobrevenidos. Aquí hablan las máquinas, con el discurso del camaleón recorriendo sinuoso sus engranajes. La voltereta esperada está ahí, nunca falta con un artista que conduce su carrera sin servidumbres, gravitando por encima de lo estacional.

Qué: Disco (Ocesa/Warner)

Uno de los adjetivos recurrentes que se dedican a Bunbury como artista es el de ecléctico. La palabra reinvención también menudea en el análisis de su trayectoria, especialmente al constatar en cada lanzamiento una vuelta de tuerca en el revestimiento de las canciones. Otras voces, sin embargo, afirman que su autenticidad reside precisamente en ser el mismo en todo momento, lo que conlleva dejarse llevar por filias coyunturales a la hora de modelar sus obras y, por tanto, mudar de piel a voluntad.

Conociendo además su carácter perfeccionista, es lógico pensar que cada nueva canción ha pasado por decenas de revisiones en la forma y el fondo: ora un recorte en el bigote, ora un ajuste en la metáfora. Alguna de ellas, sin duda, habrá sido una pura Jenga, torre de maderitas derrumbada con estrépito al quitarle la tabla angular para volver a empezar de inmediato.

Todo eso es Posible. Posiblemente, el disco menos predecible de toda su carrera, y eso es mucho decir después de veintitrés años. Cuatro avances (muchos) y un lanzamiento aplazado por una pandemia para asistir al reencuentro del hombre con las máquinas, después de más de una década abrazado a los sonidos orgánicos y polvorientos. Ojo, siguen presentes (no omnipresentes) con ese saxo sublime de Santi del Campo en Hombre de acción y Las palabras, por ejemplo; no se echan de menos en la elegantísima Deseos de usar y tirar, una canción redonda, y vuelven a palpitar en ese cierre hermoso, triste, bautizado como Los términos de mi rendición; balada de aire libre, de risco y duna. Agarra el corazón delicadamente, con el alma mecida por las teclas y una voz tan sutil como poderosa.

Más momentos luminosos; los teclados galácticos de Rebenaque en Las palabras, el toque Depeche Mode (de la época más oscura y espartana, los años post-Clarke con Alan Wilder al timón del sonido antes de que Gahan se chalara) en Arte de vanguardia, y la hermosa Indeciso o no, de letra sublime y abrigada por una atmósfera perfecta, especialmente en el magnífico puente previo al solo de guitarra. Las paradojas en las letras, presentes en cada canción a modo de brochazos, dan lustre a las acuarelas sonoras.

Mención aparte para los versos de diez, que son más de diez. No por esperados resultan menos valiosos; con Bunbury no se falla esa quiniela. Cualquiera en su sano juicio se habría vuelto loco por ti ya es una maravilla como título; paradoja historiada, una flecha que parte otra flecha en el centro de la diana. En las tripas de esa canción asoma la mejor frase el disco: «Sé donde está la salida, es hacia adentro». Por otros puntos de Posible se oyen cosas como «masterplan escrito en celofán», «el destino arrastra a quien se deja arrastrar», «hoy escribo con el desorden de la urgencia», «sé que el romper de una ola no describe todo el mar» o «no soporto perderte de vista cuando te desnudas, nunca renuncio a la rima de tu respiración». Habrá que ver el directo. Ahí la apuesta por el aragonés también es segura, como un Barça-Ciempozuelos, pero (paradoja final) deja pingües dividendos.

Bunbury Posible

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