Culturas contemporáneas de España y Latinoamérica a diario
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viernes 4 de diciembre de 2020
Foto: Frederik Heyman

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Arca

Lo terrible de presenciar una eclosión de genialidad es que muchas veces deviene cúspide, y el camino que sigue irá necesariamente en descenso. Lo maravilloso de esta teoría es que yerra a menudo. Todo depende. Arca le picó el ojo a la divinidad en esta nueva acuarela sonora, y se aleja grácilmente de aquel Tenorio que dejó amarga memoria en palacios, cabañas y claustros. Su música hace porosa una habitación estanca, salpica y se mezcla con la grava para, de pronto, negar la gravedad. Es la libertad absoluta envasada al vacío. Todo le luce.

Qué: Disco (XL)

Al hype solamente sobreviven los más fuertes, que suelen ser los que no se esfuerzan por sobresalir. Viene de Venezuela, ha pasado por otras playas y le habla al universo, asteroides incluidos.
Arca tiene todos los elementos para estar en el candelero artístico de una sociedad como la actual: cuerpo y mente no binarios, historia vital de huida hacia adelante, búsqueda sosegada de la belleza; singladura la suya a bordo de un Pequod que no necesita de Ahab al timón, porque lo único que parece perseguir es que el viento de Poniente le golpee en la cara; Moby Dick es para otros.

La primera frase del disco ya lo dice todo, a modo de nada sucinta declaración de intenciones: hago lo que quiero. Y lo hace bien. Las máquinas se arrodillan dóciles ante Arca, porque les rasca donde da gusto; desde el primer acorde, la sensación es que responden orgánicamente a la batuta de este ser abrumador. Rap, new romantic, cumbia, trap, rock, industrial… todo cabe en la coctelera, pero «a là Bond», agitado, sin revolver.

Cada idea hecha canción pide sus colores y, como por arte de magia, aparecen; una piel de mango resbalando por la superficie helada del Ártico, las cuchillas de dos patines surcando un campo de fresas. La infinita delicadeza de Time o Calor, la chulería psicotropical en Mequetrefe, la locura desatada de Riquiquí… no se acaba Arca, su trabajo respira a cada escucha.

Colaboraciones: Björk la amiga, Rosalía la panita (se marcan una síncopa sin complejo, con el keloké de mantra), Shygirl la «partner in crime», Sophie como alma gemela y contrapunto de un mismo viaje. Arca echa este telón con ternura: Machote suena más a ronroneo que a aullido carnal, y No queda nada es el desnudo del alma, que susurra a gritos: sin metrónomo hasta la mitad, con la sola compañía de unas teclas graves, y bombo al ralentí después, corazón batiente hasta la última nota.
¿Qué vendrá después, Arca?
Usted manda. Lo que usted quiera.

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