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viernes 27 de mayo de 2022
Rosalía

Motomami

Rosalía

Esto es como los veintidós del Mundial, todo el mundo opina sobre el que tuvo que estar y el que sobra. Rosalía se vendió, Rosalía ha perdido el norte, a Rosalía no se le entiende, se preocupa más de las Kardashian que de la música, de las uñas que de la música, eso no es música… La andanada de argumentos que acaban en el «tú antes molabas» acompañarán a Motomami unos días. Luego quedará el disco. Y lo escucharán muchos de los que hablaron de él sin oírlo. Lo que pase entonces entra en la categoría de misterio.

Qué: Disco (Sony Music)

Cojan aire si son de los que sueltan frases como la que sigue, donde los signos de puntuación no existen porque no procede. LaRosalíaquehagaLosángelesotravez-oalgomáscomo
Elmalquerer-queporlomenoserabonito-porqueyoestuveenunconciertoconelRefri
queestabamoscasinadie.

Ahora hablemos de Motomami. Disco largamente esperado por quienes disfrutaron de El mal querer, largamente temido por quienes estaban en aquél recital festivalero flamenco de veinte personas hace porrocientos años que tenía a la chiquitilla en letras pequeñas y ya le veían hechuras de grandeza.

El nuevo es un disco crisolero, que ha jugado en los avances a dibujar una imagen mental que no se corresponde con la realidad de la obra completa, heterogénea y chispeante. Saoko, la canción-interjección con la que arranca el álbum, excede en cuanto a declaración de intenciones su irrelevancia musical (aunque ojo a esa línea de bajo) y deja sitio a Candy, guiño del Guincho (presente en la producción de varios temas) a creadores del nivel de Arca, por ejemplo.

La bachatica con The Weeknd es maravillosa porque epitomiza la inteligencia y desparpajo de Rosalía a la hora de bailar entre géneros musicales, aprovechar su tirón mediático para hacer alianzas productivas y, por si fuera poco, motivar el movimiento rodillero con el estilazo de una muchacha del Cibao dominicano.

Con Bulerías recuerda de dónde viene y donde aún sigue, y Hentai es la primera de tres piezas suaves al piano en las que parece cantarle a la recién llegada primavera con una delicadeza cristalina: Como un G y el cierre con Sakura son las otras dos canciones en ese podio. ¿Las letras? Sí, algunas chalanean tanto con los argots, el spanglish y el derrape en la pronunciación que resultan ininteligibles, como el repertorio entero de Sting entre quienes no dominan el inglés, o algunas canciones de Los Planetas por la vocalización de Jota, y las adoramos. La comparación es solamente semántica, no se me revolucionen.

Otras canciones de Motomami, por el contrario, tocan el corazón y electrifican el coxis. Y sigue la ensalada: reguetón con una deriva Hollaback Girl en Bizcochito, alardes vocales y flashes deslenguados en G3N15 o Cuuuuuuuuuute (diez úes, sí), divertimento en el tema homónimo del disco, un bolerazo en Delirio de grandeza y un poco de «tira, inventa, salpimienta» con su amiga Tokischa en La combi Versace. Y ya está. Disco grande.

 

Rosalía Motomami

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