Culturas contemporáneas de España y Latinoamérica a diario
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viernes 29 de mayo de 2020

Buscando un lugar

Maika Makovski

A los treinta y dos años, Maika Makovski agregó un desafío más a su lista: el de la enseñanza en una de las escuelas de arte más  prestigiosas del planeta, el Liverpool Institute for Performing Artes, fundado en 1995 por Paul McCartney. Con una carrera cada vez más solida en la música y adentrándose siempre que puede en otras artes, como el teatro, Maika se ha atrevido a lanzarse con los estudiantes de la LIPA –a través de un importante acuerdo de intercambio promovido por AIE–, en una gira de seis conciertos enmarcada en el programa Artistas en Ruta, que la trajo a España en la primera semana de junio. En una calurosa tarde se sentó con Zona de Obras antes del tour para hablarnos con esa tranquilidad que trasborda fuerza de una manera desconcertante. Y puede que siga buscando su sitio en el mundo, pero en la música ya ha encontrado un lugar que es solo suyo.

Buscando un lugar - Maika Makovski

¿Cómo está siendo la experiencia en la escuela?
Muy bonita porque todo el trabajo que hicimos de ensayos, de preparar un repertorio que para ellos era totalmente ajeno, ahora lo estamos presentando en la gira.
Además, la escuela es alucinante. Cuando te das cuenta de que Paul McCartney realmente no es un nombre ni solo publicidad, sino que está allí cada año y les da a los alumnos la oportunidad de hacer un mano a mano musical al final del curso… ¡Imagínate que sueño hecho realidad para estos chicos! Las instalaciones son impresionantes: con veinte años tienen acceso a estudios de grabación y a salas de ensayo delante de la mismísima catedral de Liverpool.

¿Qué ha sido lo más gratificante?
Lo mejor de todo ha sido trabajar con los alumnos, porque tienen una inocencia en la mirada, una juventud y un entusiasmo tan grandes que me recuerdan muchas cosas que yo no sabía siquiera que me había dejado en el camino.

¿Cuál crees que es la importancia de este tipo de formación para quien está empezando?
Pues quizás hubiera sido más fácil si yo hubiera tenido una oportunidad como ésta, quizás no hubiera cometido tantos errores. Hoy en día quizás fuera mejor músico, pero no tanto por la escuela, porque una escuela es una escuela al final, sino porque crean una comunidad muy fuerte. Es una escuela donde hay estudiantes de sonido, de luces, de management… Ya sales de allí con una fuerza, con un sentido de la industria, que igual es inocente porque la realidad no es así, porque las salas de ensayo no son delante de la catedral de Liverpool, porque los estudios de grabación cuestan mucho dinero, pero yo creo que es algo muy bueno. A mí casi se me saltan las lágrimas cuando escuché que había cursos de management, porque aquí, el mánager es ese amigo que no sabe tocar nada, pero le gusta la noche y tiene don de gentes. Así es básicamente como empieza un mánager en España (risas). Y bueno, para ellos yo creo que el punto práctico que tiene la escuela es muy importante: que les dejen salir a tocar, que les animen a tener cuantos más proyectos mejor; estas cosas son las que realmente les forman.

¿Qué te ha aportado como artista?
Lo contagioso que es su entusiasmo, el ver el mundo a través de sus ojos. Son muy curiosos y lo miran todo con voracidad. Y además sus maneras de ver la música, que son  muy interesantes. Es una banda internacional, chicos y chicas que vienen de distintos países… y los prejuicios que pudiera tener a la hora de abordar mis propios temas, me los están cuestionando continuamente.


Maika y los alumnos de LIPA en el concierto de Madrid – Foto: AIE / Jorge Fuenbuena

«Cuando uno llega a los doce años ya es en esencia lo que va a ser, con los embriones de lo que luego va a florecer. A los doce años ya estaba conectada con la música, era aquello que me nutría y sabía que era algo muy poderoso»

Tu tienes una herencia culturar muy rica, hija de madre española y de padre macedonio, has vivido en muchos países distintos… ¿Cómo te ha influido a nivel musical?
Yo nunca había pensado en esto hasta los treinta años, porque mi padre me había dejado un poco fuera de la cultura macedonia al no enseñarme el idioma, a pesar de que tengo mucha familia allí y de que él es músico, con lo que sí que estaba recibiendo emisiones pero no sabía dónde colocarlas porque no conocía aquella cultura. Cuando fui a macedonia a los treinta años movida por una fuerza magnética, por una atracción por encontrarme con esa parte de mí que estaba negada, escondida, vi la cantidad de cosas que mi padre me había enseñado sobre el país, sin nunca haberme dicho «Esto es tu cultura». Yo creía que eran cosas propias de él, pero eran más culturales de lo que yo pensaba. Ahora sí que siento una necesidad de arraigarme en algún lugar. Creo que es lo único malo de haber vivido en tantos sitios, de tener tantas sangres, pero por otro lado creo que me ha dado una riqueza y una amplitud de miras por la que tengo que estar muy agradecida, a nivel musical también.

Empezaste a escribir canciones con doce años… ¿Cómo se tiene tan claro el camino desde tan temprano?
Tengo la suerte de que mi padre me crió en un ambiente lleno de sonoridades. Es multiinstrumentista y toca instrumentos que mucha gente no ha llegado a ver en su vida, como un serpentón o un alpenhorn… Me crié viendo sus conciertos y eso despertó en mi una naturalidad en lo que concierne a la profesión. Mucha gente tiene miedo a dedicarse a la música, lo ve como algo muy inestable, muy difícil, pero para mí era algo normal. Por otro lado, creo que cuando uno llega a los doce años ya es en esencia lo que va a ser, con los embriones de lo que luego va a florecer. A los doce años ya estaba conectada con la música, era aquello que me nutría y sabía que era algo muy poderoso.

¿Y el teatro? ¿Cómo entró en tu vida?
Por casualidad, una cosa caída del cielo totalmente. En el momento en el que apareció Calixto Bieito con el proyecto de Desaparecer, tenía planes para irme de gira por Estados Unidos. Pero cuando me contó que eran textos de Edgar Allan Poe, que podría escribir la música, que el espectáculo se llamaría Desaparecer –que es un tema que me interesa muchísimo porque quiero desaparecer mil veces en un día, y meterme en la piel de aquél que pasa por allí, y vivir su vida de repente–, supe que tenía que hacerlo. Se me acercaron en el momento adecuado y al final terminó siendo una historia que duró un año. Estoy muy agradecida.

¿Por qué esas ganas de desaparecer?
Supongo que es cuestión de carácter. No creo que mi vida sea tan difícil ni nada por el estilo, pero a veces sí que siento que hay una cierta montaña a subir y, cuando las cosas se ponen duras, tiendo a ayudarme mentalmente fantaseando con realidades más amables. Creo que no pasa de ahí, que son fantasías que utilizo para hacerme el momento presente más fácil.

«Aún no he conseguido encontrar mi sitio y el hecho de haber conocido a toda mi parte paterna a los treinta años hace que esté indagando y entusiasmada en conocer más, en aprender el idioma y todo lo que me he perdido cuando quizás era el momento de conocerlo»

¿Y el dibujo? Las portadas de tu último disco están dibujadas por ti…
No acabé Bellas Artes pero lo estudié dos años. Creo que el dibujo fue realmente mi primer amor. Uno de los primeros recuerdos que tengo, con dos años o así, es que me regalaron una libreta en blanco, me senté en una mesa y no me levanté hasta que terminé de dibujar en todas las páginas. Con el tiempo, la música ha adquirido más protagonismo, pero el dibujo es como un bálsamo cuando no estoy inspirada musicalmente o cuando hay cosas que es mejor expresar sin palabras y sin sonidos. Sentía que todo este proyecto de crowdfunding era un homenaje a los mecenas, que acabaron por ser los productores de este disco, pero también a todos los que habían comprado alguna vez alguna entrada para vernos. Porque ese es el gran proyecto de la música, el gran proyecto comunitario de un artista. Y como es una grabación en directo, quería que fuera un proyecto con mucho cariño, que cada persona que se llevara el vinilo a casa sintiera la relación directa, como la que hay cuando vienen a verte. De ahí nació lo de pintar cada portada individualmente. Lo que pasa es que luego se me ocurrió hacerlo más metafórico aún, y pensé en coger las 225 portadas de los 225 mecenas, ponerlas en el suelo y hacer dibujos entrelazados en ellas y finalmente pintar un gran cuadro encima, con lo cual, cada mecenas se lleva un trocito, como esa comunidad que son.

¿Por qué lanzarlo en vinilo?
Es parte del valor. Es un objeto que tiene valor, al contrario del CD, que es un pedazo de plástico, más desechable. Un vinilo tienen toda la calidad sonora, tiene el tamaño para pintar la portada también y además es un objeto que pesa, que puedes mirar, que puedes tocar, que tiene una solera determinada. Formaba parte de hacer algo extra y de hacerlo por nosotros mismos sin contar con la industria discográfica.

¿Cómo explicas el mayor éxito que tienes puertas afuera que en España?
En España cuesta un poquito, supongo que por cantar en inglés. Además reconozco que hago una música que se sale un poco de los circuitos y que le pide más atención al oyente. No lo sé. Yo vivo dentro de mi piel y me siento arropada a pesar de todo. No necesito llenar estadios para sentir gratitud o sentirme realizada, o pensar que se me entiende. Cuando estoy en una sala con ciento cincuenta o doscientas personas, soy feliz, soy muy, muy feliz. Además, algo que siempre aprecio es ver las mismas  caras de concierto en concierto.

¿Ya has encontrado tu lugar?
Aún no he conseguido encontrar mi sitio y el hecho de haber conocido a toda mi parte paterna a los treinta años hace que esté indagando y entusiasmada en conocer más, en aprender el idioma y todo lo que me he perdido cuando quizás era el momento de conocerlo. Y sí que me gustaría vivir en Macedonia hoy por hoy. Es un poco complicado a nivel profesional pero creo que lo voy a hacer en algún momento.

La gira AIE Artistas en Ruta / LIPA pasó por Liverpool y Manchester a finales de mayo, y por Madrid, Zaragoza, Barcelona y Tarragona a comienzos de junio.

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