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viernes 21 de febrero de 2020

Un fin de semana con el rey del cuarteto

La Mona Jiménez

La Argentina de la década de los 90 tuvo una banda de sonido lujuriosa y pachanguera: la música tropical. Así, el cuarteto y la bailanta han hecho bailar a todos sin distinción de sexo, clase o religión. Uno de sus pilares es La Mona Jiménez, un excéntrico cantante cordobés que da cátedra todos los fines de semana en unos increíbles y multitudinarios bailes. Con sus casi setenta discos editados –y tres millones de ejemplares vendidos–, La Mona es el icono ineludible del cuarteto –el folclore de la ciudad mediterránea. Pero su figura no descansa solamente entre las cuatro paredes cordobesas, sino que también se ha expandido a otros climas y a otros géneros. Por eso no resulta nada raro que muchos de sus fans provengan de grupos de rock. La Mona Jiménez es la punta de un iceberg difuso para el gran público –que no suele percibir las diferencias existentes entre el cuarteto y la bailanta– pero que moviliza todos los viernes y los sábados a una muchedumbre entusiasta y con un objetivo clarísimo: divertirse. Las fotos que ilustran esta nota son parte de la feliz estancia que dos humildes cronistas de esta revista tuvieron en Córdoba capital un fin de semana inolvidable del año 2000 acompañando –y entrevistando– a La Mona. Aquí, la radiografía de un fenómeno singular.

Un fin de semana con el rey del cuarteto - La Mona Jiménez

La grieta por donde espiar a la Argentina de los últimos años tal vez sea el mundo de la música tropical y latina, ese que todos los fines de semana enciende la alegría, el desdén y los anhelos de un país que no miramos. Estamos en Buenos Aires, tan parecida a París, tan seductora como Barcelona, tan potencialmente arty como Nueva York, pero su música, la banda de sonido que se escucha en las calles –esas canciones se escapan de las radios de los coches, corren por las lianas que sostienen los ascensores, viven en la piel de los autobuses, se desprenden de los rieles de los trenes–, procede de un universo que parecería marginal por su aspecto pero que está en boca de todos. ¿Entonces? ¿Marginal porque no está firmado por nuestras manos? ¿Marginal porque no entendemos que la alegría no es sólo brasileña?

Hemos escuchado de todo al respecto. Siempre se busca la comparación con la Mafia. Claro, los tipos que regentan una bailanta –espacio que en la penumbra es lo más parecido a una nave inmensa, con varias barras que expenden bebida y un escenario donde se aglutina la histeria y la electricidad de la noche– suelen tener varias de ellas y hacen que los grupos se paseen por todos sus negocios a lo largo de una noche que empieza a las 23:00 horas y puede terminar a las 6:00 o 7:00 de la mañana. Alcohol, drogas, prostitución… Ellos son la Mafia. Te apretan (una amenaza con violencia física o gestual) si no querés aceptar sus reglas, te juran y perjuran que nunca vas a estar mejor que con ellos. La relación amo-esclavo antes que nada. El músico –aunque en verdad no siempre se trata de gente que sepa tocar, sino más bien carilindos procedentes de las mismas bailantas, elegidos vía un casting– es explotado con gusto, porque busca fama y dinero. Debajo, la miseria y el cansancio de pertenecer a la clase trabajadora. ¿Querés ser un working class hero? ¿Querés ser una estrella bailantera? Todo esto es parte de la vox populi, eso que se dice; esas historias que todos conocen pero que nadie se anima a afirmar.

Ahora bien, la grieta, sólo la grieta nos llama la atención. Ese lugar que cataliza los rumores, las angustias y los deseos de una población signada por un destino magro y precario. Llega el viernes por la noche y hay que deshacerse de las penurias de la semana, del trabajo agotador y mal pagado; de lo inhóspito de las casuchas sin terminar; de los sueños que se evaden con la rapidez que despega un avión. Argentina modelo 2000 se mueve al son de esa música tropical mutante (lejos del trópico, en el género se dan cita desde la cumbia melódica hasta el cuarteto cordobés), con todo su bagaje de letras directas y explícitas, decorando una situación social tensa, sacudida muchas veces por una violencia producto de la exclusión. Grietas de una sociedad cada vez más polarizada, donde los ricos son cada vez menos y tienen cada vez más, donde los pobres son cada vez más y tienen cada vez menos. Las rimas las carga el diablo.

«Al comienzo éramos constantemente rechazados por la sociedad. Era muy común que la policía hiciese razzias, que nos llevasen en cana a todos. El público nuestro era muy de clase baja. Todo porque en nuestros bailes la gente podía entrar en alpargatas, cosa que en los otros no sucedía: se obligaba a ir de zapatos y corbata»

En el medio de este paisaje desolador y cotidiano, esta música se articula desde varios frentes: la radio, la televisión y las bailantas. El éter está copado por más de veinte emisoras encargadas de difundir todos los grupos y solistas que son parte de la movida a lo largo del país –desde La Rioja, Corrientes y Catamarca, pasando por Córdoba y Buenos Aires hasta Ushuaia. Los espacios donde se baila música tropical y latina suelen apoltronarse en lugares donde hay estaciones terminales de trenes y autobuses como Constitución, Once, Pacífico y Liniers en Capital Federal (de por sí zonas donde la gente de los suburbios llega a Capital para dirigirse a sus trabajos); mientras que en la provincia de Buenos Aires ocupan barrios populares como Lanús, San Miguel, José C. Paz, Moreno e Isidro Casanova. Algunos de los nombres de las bailantas tal vez les diga un poco más de este fenómeno: Fantástico, Metrópolis, Cachaca, La Bomba, Tesoro, Tentación, Copadísimo, Super Villaseca… Las radios también tienen lo suyo: FM Desamparados, FM Brisas… Por su parte, la televisión no se queda atrás: Siempre sábado, Pasión tropical (que tiene un segmento a lo Sorpresa y media, donde se encargan de cumplir el sueño de las fans de los artistas) y Ritmo, salsa y juegos son los encargados de llenar la pantalla chica con un desfile de grupos y solistas del género, además de promocionar los bailes que desatarán la fiesta por la noche; eso sí, sin dejar de condimentar el panorama con jugosos y auspiciantes culos femeninos –claro que a veces un poco inapropiados, debido al horario en que se dan estos programas, por lo general todas las tardes de los fines de semana.

Esto no es todo. La industria de la música tropical, casi no tomada por las multinacionales (que tienen artistas de relevancia en su catálogo, pero que no lograron posicionarse a lo ancho del mercado), premia año por año a sus artistas con el Clave de Sol, algo así como los Grammy de la música tropical, que se transmiten en directo desde un teatro céntrico. El modo en que circula y se adquiere este material se da a través de tiendas de discos especializadas (como Kuky en el barrio capitalino de Constitución) o la megacadena Musimundo. Es llamativo lo que sucede: mientras el mercado discográfico está dando muestras estos últimos tiempos de estar a la altura de la recesión y los problemas económicos que tienen a maltraer al país (en el 2000 las ventas de discos han disminuido el 35% en relación al año anterior), la música tropical en todas sus acepciones ha llegado a vender cinco millones de copias sólo en 1999.

En cuanto a los antecedentes dentro de la cultura popular de este singular fenómeno, habría que ir a buscarlo al Siglo XIX, con los Cielitos de un poeta gauchesco como Hidalgo (de la misma época del mítico Martín Fierro); ya a principios del Siglo XX nos encontramos con el sainete (una forma de teatro popular) y con la aparición de la radio, los radioteatros de Juan Carlos Chiappe; no podemos obviar las pinturas que retrataban el mundo de los peones y la gauchada de Florencio Molina Campos (que llegó al gran público a través de la publicidad de la línea de ropa Alpargatas). Estos son algunos de los precursores de un modo de ver bastante peculiar como es el de la música tropical, bastante amigo de la picaresca y los relatos desenfadados y directos.

Si en los últimos doce meses el género ganó una trascendencia impensada una década atrás, cuando la irrupción en Buenos Aires de los temas de un tándem variado como La Mona Jiménez, Ricky Maravilla y Alcides unió a la clase baja con la clase alta argentina (algunos de estos artistas llegaron a tocar en la selecta ciudad urugiaya de Punta del Este), todo se lo debe al carisma del recientemente fallecido Rodrigo. Este cordobés de ojos azules y cambiantes y centellantes colores de pelo tuvo un ascenso fulminante: en menos de tres meses se volvió una figurita repetida e imprescindible de la televisión (hasta podía llegar a aparecer en tres programas que estaban en el aire al mismo tiempo). Algo increíble. Esta suerte de James Dean (vivió y murió muy rápido: tenía sólo 27 años cuando la muerte lo encontró en una ruta bonaerense, en una dudosa maniobra de su camioneta 4×4 todavía no aclarada por la justicia, mientras volvía de un show en la ciudad de La Plata) logró capitalizar en su figura las bondades y el beneplácito de la masividad. En un momento hasta se comenzaron a vender discos suyos en los kioscos de revistas, algo bastante inusual. Su fatídica muerte se dio el mismo día que se celebraba el 65 aniversario del fallecimiento de Carlos Gardel. Una de los méritos de la arrolladora personalidad del cantante estaba en que era respetado por diversas tribus, no sólo la que manifiesta predilección por la música tropical. Por eso algunos señalaron que Rodrigo murió a la misma edad que gran parte de los rockeros célebres como Jimi Hendrix, Jim Morrison, Kurt Cobain, Janis Joplin…

Rodrigo encarnaba al dicho «nadie es profeta en su tierra». Proveniente de la Córdoba cuartetera mediterránea, su nombre no acredita demasiado honor en su suelo natal. No son pocos sus coprovincianos que relativizan su conquistada celebridad mediática lograda en Buenos Aires. Soy cordobés fue el hit que lo encumbró a todas las radios y programas de televisión. Ahí relataba en primera persona los vicios y virtudes de pertenecer a esa soleada y feliz provincia: «Oigan señores yo les quiero así contar con muchísima emoción / donde nació mi canto / chispa, tonada, piano, bajo y acordeón / así tocaba Leonor ritmo de cuartetazo / el Pibe Berna, Carlos ‘Pueblo’ Rolan y el Cuarteto de Oro / le dieron música, alegría a mi ciudad / soy de la universidad de la alegría y el canto / Soy cordobés / me gusta el vino y la joda / y lo tomo sin soda porque así pega más / Soy cordobés y me gustan los bailes / y me siento en el aire / si tengo que cantar de la ciudad de las mujeres más lindas / del fernet, de la birra / madrugadas sin par / Soy cordobés / y ando sin documentos / porque llevo el acento de Córdoba capital / Como creyente yo le doy gracias a Dios / por esta bendición que en la sangre llevamos / es todo el año ‘tunga tunga’ del mejor / es nuestro rocanrol y a la Mona idolatramos / se para el lunes porque hay que descansar de todo lo que bailamos / y el martes encaravanados otra vez / hay que lustrar los pepes / porque a algún lado nos vamos / Soy cordobés / me gusta el vino y la joda / y lo tomo sin soda porque así pega mas / Soy cordobés y me gustan los bailes / y me siento en el aire si tengo que cantar / soy de Alta Córdoba donde está ‘la Gloria’ / o en Jardín Espinosa a Talleres tú lo ves / y si querés yo te llevo para Alberdi / donde están los celestes / mi pirata cordobés de la ciudad de las mujeres mas lindas / del fernet, de la birra / madrugadas sin par / soy cordobés y no me importa si es gorda / como el arco de Córdoba la quiero para bailar».

Radiografía sin par de algunos de los temas recurrentes de esa cautivadora ciudad (más que nada la vida del fin de semana, donde hay montones de bailes y a los que la gente asiste en masa), en esta canción despliega sus alas toda la deuda que Rodrigo tenía con el icono del cuarteto: La Mona Jiménez. Pero esa es otra historia.

«Los chicos de hoy en día no se quedan en su casa y me vienen a ver como si fuese un ritual. Yo hice bailar a los abuelos y a los padres. Ellos son la tercera generación que me sigue»

Córdoba queda a ochocientos kilómetros de Buenos Aires, a una hora diez minutos en avión. El aeropuerto queda a menos de media hora de la capital. El sol se despliega por la piel de las mujeres y le da brillo a los rostros de los jóvenes felices. Más allá de que es característico el buen humor de sus provincianos (son muchos los humoristas que han legado al imaginario popular argentino), en estos días se respira buen humor. Hay una causa: el gobernador De La Sota llegó al poder con la promesa de bajar los impuestos. Y algo increíble sucedió: ¡los bajó! Esto es lo primero que nos da la bienvenida: el buen humor, la buena predisposición. En una Argentina donde cada vez más la incertidumbre es la paleta que pinta la situación social y política, donde la violencia latente maneja los hilos de una realidad espesa y brumosa, Córdoba parece otro país. En nuestro horizonte está la imagen de la Mona Jiménez, el dios de una religión llamada cuarteto. Ni más ni menos. El hombre que logra que veinte mil personas (sí, veinte mil seres humanos) muevan sus cuerpos a lo largo del fin de semana, en tres bailes repartidos entre viernes, sábado y domingo en diferentes sitios de la ciudad. Y la alegría se pasea con altura y beneplácito.

La primera comparación que salta a la vista para cualquier persona ligada a la cultura rock es el rey del funk: La Mona es James Brown. Pero nos quedamos cortos o no decimos gran cosa de lo que implica ese personaje, los polos de atracción, las líneas de fuga. Si bien en lo musical lo suyo no es para nada sofisticado ni abrió puertas hacia nuevos territorios como lo hizo el autor de Sex Machine, la Mona se encargó de renovar en su momento las coordenadas sonoras del género. Es que el cuarteto nació el 4 de junio de 1943, de la mano de una mujer, Leonor Marzano. Ella estaba al frente del Cuarteto Característico Leo, un conjunto armado con un piano, un contrabajo, un acordeón y violín. Descendiente de la música de raíz folclórica traída por los inmigrantes italianos y españoles, fudamentalmente del pasodoble y la tarantela, la música de cuartetos es en esos tiempos una manifestación únicamente rural. Pero dejemos que la Mona, en uno de nuestros rallies por la ciudad antes de uno de sus bailes, nos dé su impresión de la historia del género.

«Acá en Córdoba tenemos una fuente grande de inmigrantes –españoles e italianos en su gran mayoría. El cuarteto nace de la conjunción de tarantelas, pasodobles, foxtrots, rancheras. Todas esas músicas que tocábamos a nuestros abuelos. La inventora del cuarteto, Leonor Marzano, cuando tocaba el pasodoble hacía ‘saltar’ al piano, lo volvía bien bailarín. El famoso ‘tunga tunga’ con la mano izquierda. Tocábamos mucho en todas las fiestas de las colectividades y en las patronales. Siempre en la periferia. Yo empecé con el cuarteto Berna, cuando tenía quince años: llegué por un casting donde buscaban cantantes de quince a diecisiete. Era para el programa radial Festival del éxito, que conducía Carlos Del Solar. Entre los sesenta chicos que se presentaron, me eligieron a mí. Los que tocaban eran todos muy jóvenes. Anteriormente yo hice folclore y rock'n'roll. Mi papá me regaló una guitarra Jackson. En la radio empecé cantando un vals y un pasodoble. En Córdoba ciudad no tocábamos: el cuarteto era muy marginado. Los clubes no aceptaban nuestra presencia. Entonces estuvimos orillando, rodeándola… El único grupo aceptado era el Cuarteto Leo. Lo típico era el uso de la voz bien nasal… (y se pone a cantar uno de los temas…) El Cuarteto Berna la pegó mucho con una canción llamada Azul, quedó y logramos entrar de a poco en Córdoba capital. Nuestro público se componía de muchos de esos chicos que nos seguían en la primera época, cuando llegábamos a los lugares más populares de la ciudad. Claro que éramos constantemente rechazados por la sociedad. Era muy común que la policía hiciese razzias, que nos llevasen en cana a todos. El público nuestro era muy de clase baja. Todo porque en nuestros bailes la gente podía entrar en alpargatas, cosa que en los otros no sucedía: se obligaba a ir de zapatos y corbata».

El coche destartalado pero muy eficiente, manejado por su chófer desde hace veinticinco años, se va adentrando en la ciudad. Estamos llegando al lugar de los hechos: un club de básquet de los tantos de Córdoba; uno de los lugares elegidos para que cada fin de semana la alegría sea sólo cordobesa. Hace un rato nomás, su amigo y chófer personal bajó para comprar una botella de champagne: es lo único que no debe faltar en su catering. Ah!!! Y dos o tres bananas. Claro que no es porque se trata de la Mona y su comida preferida, sino que es parte de su dieta rigurosa para poder brindar largos e increíbles shows. Seguimos escuchándolo, seguimos de cerca la entrada del cuarteto a los rincones de la city. «En el 68/69 ya pegaba el cuarteto en la ciudad. En la época del Mundial 78 se lo prohibe en la radio y se lo saca de las estanterías de las disquerías para que los extranjeros no sepan que existíamos. Entonces nosotros hacíamos publicidad por medio de panfletos saliendo a las calles en persona».

¿Quién es la Mona, este hombre que no para de hablar ni un segundo, que no para de subirse a su bicicleta de carrera llegada de Italia y que recorre cincuenta kilómetros diarios; que no para de saludar a la gente que afectuosamente lo reconoce mientras nos acercamos al púlpito donde esta noche va a celebrar una ceremonia más pero siempre única? La sinceridad parece ser la base de su magnetismo. Una sinceridad de argentino chanta, pero con todo el aura de los tocados por la varita mágica del magnetismo. Porque la Mona es puro magnetismo: el que hace que la gente suba al escenario a darle besos, abrazos; a bailar con él o para él, como lo hacen habitualmente una serie de señoritas que le romperían el corazón a más de uno. La Mona encadila a los muy jóvenes con esas canciones que le hablan de las precariedades de la vida, de la modestia pero la necesidad de la alegría; de los sueños rotos, de los fantasmas de la droga y el alcohol. Todo cimentado en un lenguaje directo y sencillo, para que nadie se pierda, para que todos gocen de la fiesta. Dice él: «Los chicos de hoy en día no se quedan en su casa y me vienen a ver como si fuese un ritual. Yo hice bailar a los abuelos y a los padres. Ellos son la tercera generación que me sigue. Cuando empecé, mi público eran mujeres de cuarenta años, mujeres de la noche, los cafishos. Todo bien arrabalero». En la Mona está presente ese magnetismo que no diferencia clases sociales –después en los bailes podremos distinguir, entre la procesión incesante de chicos y chicas, morenos de no más de dieciocho años, a unas cuantas parejas cuyas rubias cabelleras se perdían en el lodazal de cuerpos moviéndose– ni barreras musicales. Esto último muy presente en la primera noche de nuestra visita, cuando más tarde suba al escenario el cantante de Los Pericos. El Bahiano, junto a Andrés Calamaro, Los Auténticos Decadentes, Bersuit Vergarabat, Kapanga y tantos otros, son fans declarados del cordobés. Y no pusieron ningún reparo cuando surgió la idea de hacer un disco con la Mona. La idea es lanzarlo a mediados del 2001.

Pero no nos escabullamos. La Mona está ansiosa de contarnos quién es él: «Yo nunca laburé en mi vida. Siempre estuve arriba de un escenario. El bajista mío, Ricardo Verón, hace veinticinco años que sólo trabaja de músico. Jorge, mi asistente, hace veinte que labura conmigo. El cuarteto antes eran sólo cuatro músicos: piano, acordeón, violín y contrabajo. Yo me separé del Cuarteto de Oro porque quería modernizarlo un poco, por eso me decían que estaba loco. Más que nada buscaba darle un poco más de juventud. En esa época no se conseguían violinistas: el más joven tenía 70 años. No equilibraba. Los mayores tocaban porque era una guita para el puchero. Pero los jóvenes no querían saber nada con tocar con nosotros, más que nada por el estatus. Decían: ‘Si el cuarteto es de negros… es música del pueblo’».

Las curiosidades se mezclan en nuestra cabeza, saltan a la par de la gente que se sube al escenario (y no se trata de un grupo que toque ningún sonido propicio para el mosh, el stage diving o lo que sea). Las curiosidades seguramente las llevaremos con nosotros hasta la tumba, casi casi como los travestidos llevan sus siliconas. Chicas que van a bailar el vals de sus quince años con él, lo que implica que llegan, suben la escalera del precario escenario (¡guarda con los cables, que están por todos lados y a la vista de nadie!) y zas… La banda toca el consabido Feliz cumpleaños y la Mona cumple con su misión. A todo esto, los padres de la chica sacan fotos y siguen todo con su cámara de vídeo. De no creer. Otro de los motivos para no perder de vista se relaciona con la especial comunicación que mantiene con su público a través de un complejo (aunque parece muy sencillo debido a la rapidez con que se mandan esos mails a pura mano) sistema de señas y códigos, tanto de barrios como de nombres personales. Todo esto mientras está cantando, todo esto mientras mueve su cuerpo al son de canciones como Ruleta rusa, La novia blanca, Juan de la ciudad y tantos otros clásicos instantáneos. ¿Quieren más? Numera sus discos. Hasta la fecha va por el número ¡sesenta y cinco! Dice que se le ocurrió cuando iba por el cuarenta. Hagan cuentas: saca un álbum en julio y otro en diciembre. ¿Más? Tiene un sinfín de cajones donde va a parar la ropa que le confecciona su hija y no suele repetir más de dos veces su estrafalaria y llamativa vestimenta. ¿Más? Antes de que parta hacia los bailes desde su chalet –sin estridencias ni lujos si nos ponemos a pensar en la cantidad de dinero que debe facturar–, entre cincuenta y ochenta personas se acercan a a saludarlo, a desearle suerte; a pedirle un autógrafo, a sacarse una foto con el ídolo.

La Mona tiene en claro su papel en la vida. Nunca se va a considerar un cantante. Afirma que lo suyo pasa más por ser un buen animador de una fiesta de cumpleaños o de un casamiento. «Acá no vengo a hacer un show: vengo a divertirme. Pero canto con el corazón. A la vez, la gente paga la entrada para verme bien y por eso trato de estar con todas las pilas. En otros lados que no sea Córdoba puedo bailar, saltar y moverme; acá casi no me dejan ni bailar y además están las señas. Los shows cambian según las provincias. Acá tenés que seguir a los chicos, tenés que estar atento. Ellos te absorben, te dejan sin armas: por las señas, por los gestos, para que los nombres. A veces se repiten y vienen a todos los bailes. El espíritu de los chicos es bárbaro». Ese espíritu es el que todos los fines de semana moviliza a una cantidad impresionante de gente hacia distintas zonas de Córdoba, el mismo espíritu que lo llevó al cuarteto a la Mona. Ante la pregunta o trabalenguas si es alegre porque escucha cuarteto o si hace cuarteto porque es alegre, el creador de Beso a beso no afloja: «Yo era alegre antes de escuchar cuarteto. Siempre fui un tipo muy dicharachero, desde el día que mi vieja me parió. Soy un tipo con mucha energía, con ganas de inventar cosas. El cuarteto me retroalimentó la otra energía que tenía anteriormente».

CUMBIA EN CONSTITUCIÓN
Por Sergio Pujol, extraido de Historia del baile (Emecé)

Difusión
«La difusión de la bailanta en sus comienzos se realiza en los bailes mismos, y sobre todo en las disquerías de los barrios de estación. En torno a las terminales Pacífico, Constitución y Retiro, así con en la estación Roca de La Plata y las paradas intermedias de Quilmes y Berazategui, las disquerías con abundantes ofertas –principalmente de económicos casetes– propagan cumbias de día y de noche. En las pizzerías que lindan con los puestos callejeros en los que el casete de cumbia comparte escaparate con las medias en oferta y los encendedores de colores, cientos de jóvenes y no tan jóvenes saborean cerveza o vasos de tinto rodeados de ambiente bailantero. Una o dos generaciones antes, esos mismos ‘cabecitas negras’ hubieran escuchado a Tormo, en bares ‘50 y 50’».

Look
«Los reyes bailanteros y tropicales aparecen en la bailanta muy entrada la noche, vestidos como Flash Gordon, y con bandas de acompañamiento que incluyen acordeón, trompeta, trombón y saxo, aunque más tarde todo eso será eliminado por teclados y, en más de una ocasión, por la increíble fonomímica (el recurso preferido de la música en televisión). En realidad, lo único que le interesa al público enardecido –han esperado a sus ídolos durante muchas horas, en galpones o tinglados donde no cabe ni un alfiler– es el cantante, especie de evangelista del ritmo bailable, que con sólo aparecer en escena genera un tumulto. Con sus camisas con lentejuelas, pantalones ajustadísimos y zapatos blancos puntiagudos, los solistas tropicales son la expresión sexual más directa en la música popular argentina desde los tiempos de Sandro. Poco a poco, al primer estereotipo del ‘feo con carisma’ le sucederá el muchacho de cabello largo y facciones delicadas, especie de Ricky Martín para consumo ‘tropical’».

Origen I
«Como antes el chamamé y la ranchera, ahora el cruce de ritmos cuarteteros y cumbia colombiana aclimatada en la Argentina representa a las clases populares en la gran ciudad. Algunos se preguntarán por el origen de todo aquello. ¿De dónde viene ese mundo de palmeras apócrifas y picaresca provinciana, rémora de chamamé, ranchera, pasodoble y alegrías de una noche que intenta compensar la dura, la durísima vida en la ciudad de los 80? Hay nombres y una historia. Córdoba es un centro emisor de importancia. Desde principios de la década de los 40, el Cuarteto Característico Leo –contrabajo, piano, acordeón y violín, más un cantante– marca la transición de aquella orquesta característica al grupo reducido. Así se asienta el cuarteto, toda una institución cordobesa. El ritmo cumple un rol decisivo: tiene la cuadratura del pasodoble –un elemental dos por cuatro–, y la presencia del acordeón remite a otras geografías regionales».

Origen II
«Como ha estudiado Rubén Pérez Bugallo, la corriente del llamado ‘chamamé tropical’ se expande hacia 1982 por iniciativa de músicos… santiagueños. Conjuntos con instrumentación de cumbia y acordeón a piano cruzan el color tropical con la tradición chamamecera y, sobre todo, con el estilo cuartetero ya establecido. El fenómeno arraigará en el Gran Buenos Aires, pero no así en la propia Corrientes, donde la gente se mantendrá fiel a las formas más clásicas de la especie. Por lo demás, el término bailanta es de larga data: se lo viene usando en el litoral para denominar los espacios donde se concretan los bailes de los pueblos».

Público
«El entusiasmo sin edad de los comienzos –La Mona Jiménez convoca a jóvenes y a no tan jóvenes, a hombres y mujeres, a pobres y ricos– será finalmente reemplazado por un aparato de marketing orientado hacia adolescentes mujeres de clase baja o media baja. Poco antes de que termine el siglo, serán ellas las que compren los fanzines tropicales, lloren en cada aniversario de la muerte de la cantante Gilda, protagonicen escenas de histeria colectiva ante la actuación del grupo Sombras y hagan largas y penosas colas en la puerta de un canal de televisión un sábado por la tarde. Paralelamente a ese mercado principal, en muchas discos de todo el país se crearán tandas de música tropical, ya como especie constituida. Está establecido que la cumbia divierte a todos, borrando inhibiciones y facilitando el diálogo corporal».

Tropical hoy en día
«Ya a fines de los 80 el molde ‘tropical’ queda configurado con la hibridación de varios elementos. La actitud ‘fiestera’ y picaresca es de raigambre cordobesa. Algunos instrumentos y rasgos estilísticos provienen de la versión ‘acumbiada’ del chamamé. Y la supuesta naturaleza tropical, que terminará identificando a la nueva especie en los códigos de la noche, deriva de la cumbia colombiana que prende fuerte en Buenos Aires y las provincias en los años 60. Para los que vienen escuchando cumbias desde los 60, el nuevo escenario tropical es poco interesante, al menos en términos musicales. El factor tropical ha sido neutralizado, en su apetencia festiva, por el factor ‘característico’. No obstante, en el imaginario popular la fiesta máxima debe reproducir un paisaje playero y caluroso. Y para eso, nada mejor que la cumbia, haga frío o calor».

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