Culturas contemporáneas de España y Latinoamérica a diario
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sábado 19 de septiembre de 2020

El sueño eterno

Dorian

Dorian y México se aman más allá de los límites biológicos, geográficos e incluso vitales. En el día de los muertos, este amor incondicional se manifiesta más poderoso y vivo que nunca.

Algo tiene Dorian que trasciende la música y las imágenes. Un algo que se materializa en ambos contextos sin esfuerzo aparente. Brota y se expande y ya no se marcha, porque es inherente a la forma de crear de la banda y a su propio modus vivendi. Con México hay algo más que afinidad, es un amor de dos direcciones que no pierde ocasión para exhibirse públicamente. René de la Rosa se los llevó a San Andrés Míxquic (uno de los siete pueblos originales de la delegación Tláhuac, en el DF) en el día de los muertos, el uno de noviembre. En esa fecha, la población rebosa de fieles devotos que van a rendir culto a sus antepasados y el cementerio, a pesar de la inquietante intro, aparece desprovisto de su tradicional atmósfera tétrica; enseguida se posiciona como un actor más en el tema de amor infinito (extracorpóreo, subterráneo, más allá de la muerte) que Marc recita con el inconfundible estilo Dorian. Las velas asisten mudas al discurrir de los versos, mecidos por una guitarra limpia que vertebra la canción; los coros y el órgano tejen la colcha de quietud que remata la obra. Un ejercicio de tristeza infinita que rivaliza en belleza con la más bucólica de las baladas.

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