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sábado 8 de agosto de 2020

Basta de música

Martín Buscaglia

Como si estuviera en un profundo estado de hipnosis regresiva, el uruguayo Martín Buscaglia se desprende de estas once canciones cavernícolas y refinadas como un perro se quita las pulgas: sacudiéndose.

Qué: Disco (Lovemonk)

No se dejen engañar. El nuevo disco de Martín Buscaglia tiene un enemigo, pero no es precisamente el que anuncia su título. A lo largo y a lo ancho de estas once canciones, el artista uruguayo canta y toca como si estuviera en un profundo estado de hipnosis regresiva: las frases espasmódicas de piano de Dos patos, la arenga cavernícola de Chuza, la programación elemental de Mírennos bailar, los versos palabra-por-palabra de Para vencer. Buscaglia se desprende de toda esta música gloriosa como un perro se quita las pulgas: sacudiéndose. Así, mientras despliega el statement de Los instrumentos, la música pivota entre la cumbia y el huayno pero termina convirtiéndose en cualquier otra cosa. Acá sí que hay futuro, pero no está adelante.

Pasaron más de diez años desde Temporada de conejos, su último disco de canciones nuevas. Eso no significa que Buscaglia se haya quedado quieto. Ni cerca. Desde entonces hizo un disco en vivo (Somos libres), singles de diversas extracciones, dos discos compartidos (con Kiko Veneno, con Antolín), varias giras a dúo (con Fernando Cabrera, con Mandrake Wolf), decenas de proyectos, colaboraciones y centenares de conciertos. Ese largo y sinuoso camino no parece haberlo llenado de ansiedad, sino –en el sentido zen de la palabra- haberlo vaciado.

Quizás por eso, su nuevo disco apela a puros géneros de trance: candombe, dub, sambafunk, reggaetón, cumbia, soul de videojuego, psicohuayno. Como si, deliberadamente, se pusiera los guantes para pelear contra la idea occidental de evolución. Como si, desesperadamente, golpeara la última puerta para averiguar qué hay más allá (más acá) de la música.

Nadie tiene la respuesta, pero vale la pena recordar un cuento de Ted Chiang titulado La Torre de Babilonia. Allí, un joven llamado Hillalum comienza a trepar la rampa concéntrica que los hombres están construyendo para llegar al cielo. Sube y sube. Llegado un punto toca el cielo, que se rompe y deja caer un torrente de agua helada. Hillalum no se amedrenta. Junta coraje y, después de atravesar varias salas, se encuentra arrodillado en el desierto: camino a la Torre de Babilonia. De regreso en el punto de partida, pero con el gran secreto del universo en su bolsillo. ¿Tendría que haber puesto spoiler alert, no?

Martín Buscaglia Basta de música

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