Culturas contemporáneas de España y Latinoamérica a diario
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lunes 30 de noviembre de 2020
Andrés Calamaro

Todo lo demás también

Publicado originalmente en diciembre de 2010, número 62 de ZdeO
Las grabaciones de Sandro y Los del Fuego. La semilla de los Wild Cats, preámbulo para las primeras grabaciones de Litto Nebbia con Los Gatos. Los Beatniks de Moris y «Pajarito» Zaguri. la aparición del sello Mandioca. Como el rock de Argentina arrastra un historial de cuarenta y cinco años, sentarse a elegir cincuenta discos destacados resulta más un motivo de descarte que una selección. Aquella «rama fundadora» (también conocidos como los «cueveros» por su habitual presencia en el boliche La Cueva) es el origen genealógico de una importante variedad discográfica y el origen de un repertorio interesante y rico.

Luego, los primeros años setenta son fértiles para el rock como lo serían los años de la «primavera democrática» que recuperan la leyenda renovada. Casi veinte años después, la huella discográfica se pierde en un futurible improbable donde la música ya no viaja (más) por las tradicionales rutas. Perdidos los soportes habituales, víctimas del último furor tecnológico (capitalista), las grabaciones son más accesibles que nunca pero el arte de la grabación de discos de rock se enfrenta a su encrucijada existencial definitiva.

El primer batallón de discos esenciales argentinos (de musique moderne) reverdece en la figura de Moris, un trovador eléctrico bien conocido por la generación transitoria española. Birabent (apellido verdadero de Moris) fue beatnik, «teddy man» poético y urbano, pintó su aldea hasta ser universal y 30 minutos de vida es un álbum que sirvió de inspiración para generaciones que lo escucharon y cantaron apasionadas. Su rastro sigue con el más que interesante Ciudad de guitarras callejeras y pisa firme del otro lado del charco con Fiebre de vivir, grabado con Tequila y Vicente Romero, que forma parte de la discografía esencial de ambos mundos.

Sin dudas, Luis Alberto Spinetta es un protagonista inabarcable de la discografía rockera argentina y Artaud, de 1973, lo encuentra en un vértice poético y armónico irrepetible sin ser un disco característico de Pescado Rabioso (en realidad no es un disco de Pescado Rabioso). Artaud revoluciona las grabaciones mundiales desde la portada (de forma aleatoria) hasta su lírica inspirada en la poesía críptica. Pero Spinetta venía mostrando maneras elegantes y hondas desde la adolescencia que corona con los discos de Almendra, un verdadero grupo instrumental y vocal enriquecido con los aportes de Edelmiro Molinari (que despues grabaría muy buenos discos de rock eléctrico con Color Humano, trabajos que no pierden vigencia a más de treinta y cinco años de aquellas primeras ediciones, un trío de power sutil) y de Emilio de Guercio (asimismo compositor y vox cantante de parte del repertorio almendralejo).

Y los discos eléctricos de Pescado Rabioso (Desatormentándonos y el interesante Pescado 2), aventura bien resumida en el brillante Lo mejor de Pescado Rabioso, un vinilo preciosamente ilustrado por el maestro artista Juan Gatti (consagrado en el universo artístico del estado español en los ámbitos del cine y la publicidad, la moda y el diseño, la pintura y el glam).

«Como el rock de Argentina arrastra un historial de cuarenta y cinco años, sentarse a elegir cincuenta discos destacados resulta más un motivo de descarte que una selección»

Spinetta repite epifanías con el trío Invisible, que graba tres discos que, a día de hoy, resultan igualmente enigmáticos y poderosos, auténticos álbumes geniales de la década de los setenta, elepés que resisten con elegancia el paso del tiempo y siguen siendo peligrosamente irrepetibles. Siempre responsable de una ética armónica y poética, Spinetta no detiene jamás su marcha; se reencarna en Spinetta Jade y sigue grabando discos en su estudio-hogar La diosa salvaje. También deja una herencia genética (literalmente) musical; es una influencia permanente y sus hijos y ahijados son artistas completos y consagrados en la discografía criolla.

Otro tanto podría escribirse sobre Charly García, original músico de conservatorio reconvertido en artista existencial, de amplia discografía que brilla hasta entrados los años ochenta, cuando reencarna en «artista solitario» después de un más que interesante (y popular) camino musical con Sui Generis, La Máquina de Hacer Pajaros y Seru Giran (agrupaciones que comparte con geniales talentos como David Lebon, Gustavo Bazterrica, Oscar Moro, Carlos Cutaia y Pedro Aznar).

Manal es el perfecto ejemplo de trío equilibrado entre los aromas del blues urbano, las armonías del jazz, el espíritu «cuevero», la vanguardia porteña del Instituto Di Tella y el orgullo rockero. El canto y los versos de Javier Martínez son profundos y auténticos, los tres «manales» (Claudio Gabis en guitarra, Alejandro Medina en bajo y Martínez en batería) estaban en la vanguardia y a la altura de cualquier músico de rock bueno del resto del mundo.

Bien podríamos estar hablando, también, de los cincuenta discos de Litto Nebbia y su sello Melopea: el hombre y la música, el padre del movimiento, el generador dinámico, el primero y el último. Nebbia «no permite que le impidan seguir» y es indiferente a las diferencias. Custodio de las ultimas ráfagas del tango, protector de los folclores anticipándose a las fusiones, patrón del patrón mersey, todo el rock podría bien considerarse abierto por La balsa cantada por Litto, que rescata versos del baño de un bar donde se reunía la bohemia, el post-hippismo, los verdaderos beatniks y los transeúntes cercanos a la Plaza Miserere del barrio de Once y a la estación de tren… Nebbia es la «aldea gala» , la resistencia, el más puro exponente de la música como todas las músicas, y una de las mejores voces del cancionero argentino.

O los revolucionarios Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota (el invisible Patricio Rey no es una persona), comandados por el genial Carlos «Indio» Solari, uno de los mejores letristas del país global, considerado por una generación (y media) como el Discépolo «moderno», factótum de Los Redondos independientes, incorruptibles, el grupo revolucionario que recupera la credibilidad de un pueblo que ya se había olvidado de creer después de ocho años de dictaduras y baños de sangre.

O Pappo (Norberto Napolitano) que debuta como un abuelo de la nada (en el capítulo primitivo de Los Abuelos de la Nada de Miguel Abuelo), primer héroe de la guitarra, intérprete del blues de Chicago para el pulso de los barrios porteños, artífice de la catarsis de cuero negro (con Riff) y mártir de las motocicletas. O Babasónicos, más que el Manchester argentino, por su segunda década de «high times», comandado por el brillante y notable Adrián Dárgelos. O Soda Stereo (de Gustavo Cerati), que corona las cumbres del Everest rockero continental una y mil veces. O Federico Moura y su legado de estilo y libertad, el Virus de una elegancia posible y una modernidad rampante. O Luca Prodan, que revoluciona los calendarios con apenas vocabulario castellano pero un sabio abecedario musical que inyecta reggae, funky y punk-folk al rock centralizado en Buenos Aires, justo cuando necesitaba recordar a Captain Beefheart, a Kingston y a Joy Division.

Y Ricardo Iorio, el by-pass argentino heavy, clavado con sus propios clavos desde hace treinta años, fundando, él sólo, el metálico ácido argentino desde V8, Hermética y Almafuerte. Y León Gieco, prócer cultural de la conciencia rockera. Y Daniel Melero (bestia parda de la modernidad como concepto inalterable). Ratones Paranoicos (del inoxidable Juanse) y la segunda fundación del rock stone en carne propia.
Y… Todo lo demás también.

 

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